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Cuando la obra de un escritor se convierte en un auténtico punto de encuentro entre millones de personas de las más diversas etnias, culturas y religiones, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que estamos ante un fenómeno que, por su hondo calado social y dimensión universal, nos obliga a valorarlo desde una perspectiva diferente.

Así como el Gernika de Picasso o la torre Eiffel, por poner sólo dos ejemplos, superan los espacios de la pintura y de la ingeniería, respectivamente, la serie de libros de Harry Potter ha trascendido su ámbito natural, en este caso la literatura, y ha causado un extraordinario impacto en todos los países donde se ha publicado, estimulando el deseo de leer en millones de niños de todo el mundo y transmitiendo unos valores de integridad, lealtad y humanidad que sin duda contribuirán a hacer de nuestro planeta un lugar más solidario.

Como editores de J.K. Rowling, en Salamandra hemos tenido el privilegio de asistir al nacimiento de lo que hoy llamamos el fenómeno Harry Potter, y hemos sido testigos de que este fenómeno nada tiene que ver con una operación de marketing planificada, como se ha dicho en repetidas ocasiones, sino con un proceso gradual y espontáneo de propagación entre niños, jóvenes y adultos de todo el mundo, que comparten su fascinación por las aventuras del joven mago, transformándolo así en un icono universal capaz de auspiciar de forma muy directa el entendimiento entre las gentes más diversas. Con su genio y su esfuerzo, puesto que no es nada fácil mantener el interés del lector a lo largo de 2300 páginas, J. K. Rowling, ha sabido conjugar lo lúdico con lo normativo en una obra literaria para niños y jóvenes de alcance global.

Que la palabra escrita se erija en instrumento de comunicación y nexo de unión entre cientos de millones de seres humanos en una sociedad anestesiada por la cultura de la imagen y ahogada por un torrente de información efímera debería ser motivo de regocijo y esperanza entre todos los que creen que los libros y la lectura, por su carácter sosegado y permanente, son elementos esenciales para salvaguardar la civilización occidental y fomentar el progreso de los pueblos.